i.
Los griegos tienen la culpa. Tres mil años y la humanidad no se decide a superar la herida aquella. Tres mil años de nalgas redondas, músculos hercúleos, senos perfectos, atenas y espartas, justicias y bellezas, dioses y titanes y seguimos sin salir de la delirante cueva que el delirante Sócrates describe en los delirios textuales de su más cercano discípulo, amante o queséyo. Platónico llamamos aún hoy día a esa madeja de conceptualizaciones inexistentes que se reúnen en algún plano inalcanzable, supuestamente más noble que el de nosotros bestezuelas subdesarrolladas tangibles.
Ellos establecieron el cisma –lamentable- cisma occidental: lo bello, lo bueno; lo malo, lo feo. Y ahora cortar esa relación resulta, si no imposible, excesivamente conflictivo para la mayoría de nosotros.
Jean Dubuffet fue uno de esos espíritus libres –me remito a esa denominación para esquivar la palabra artista de la que él seguramente se deslindaría – que percibió en toda su magnitud la crisis que vive el arte en general y en particular las disciplinas plásticas y visuales, disciplinas que en mi opinión siguen retorciéndose agonizantes hasta la fecha. Como pocos se atreven a hacer o al menos a ver directamente, resaltó el desorden que impera en la mente occidental, desorden caracterizado por la imposición de clasificaciones que poco o nada ayudan realmente a conocer –peor aún, a identificar siquiera- las cosas, no digamos ya una experiencia artística, sea como creador o como espectador.
Esta rica crítica y la naturaleza de sus posturas respecto al mundo del arte quedan de manifiesto en los ensayos, artículos, cartas y demás textos recopilados en El hombre de calle ante la obra de arte. Con éste breve ensayo pretendo condensar los puntos cardinales que guiaron la teoría artística -y claro está, la producción artística- de éste prolífico autor, al menos los que quedan establecidos en la recopilación mencionada. Lo más importante para mí es, sin embargo, convencerse junto a Dubuffet de que hay una vía, una posibilidad de reaccionar ante ésta crisis del arte plástico, de lo visual.
ii. El hombre de la calle
Arte en bruto o outsider art es como quedó clasificado para la historia el movimiento artístico liderado por Dubuffet.
¿Qué presupone éste arte? Recordemos las culpas ya apuntadas hacia los griegos. En realidad no es sólo a ellos que Dubuffet señala como los malcriados malacostumbrantes; es más, poco o nada sirve apuntar culpa alguna. El verdadero problema radica en que, desde su punto de vista, el pensamiento occidental, tan lleno de su raciocinio y su lógica se pretende olvidadizo ante otras actitudes mentales humanas: la locura, la embriaguez, la violencia, lo febril. Le hemos atribuido a todas éstas valores tan negativos que cuando nos acercamos a ellas es con la reserva y cautela más grandes posibles.
Es en éste contexto que Dubuffet nos presenta el concepto del salvaje. Asegura que las culturas no occidentales, las que aún se sostienen al margen de la civilización tienen mucho que enseñarnos en tanto que conservan ese respeto hacia los estados mentales que nuestra sociedad considera menos nobles, respeto a ese desorden caótico que para la mayoría del público occidental no lleva a nada bueno. Son éstas culturas supuestamente salvajes las que no reconocen la distinción entre lo bello y lo feo y es en ésta ambigüedad en la que, asegura Dubuffet, podemos encontrar nuevas razones de ser de lo artístico, en esa mescolanza donde las cosas no necesitan ser perfectas para movernos. ¿Y dónde hay más límites si no en los círculos artísticos e intelectuales? Serán pues los outsiders más completos aquellos que no hayan tenido contacto con ésta clase de mundo corrupto y maniqueo. Los pacientes mentales resultaron el ejemplo perfecto y hasta la fecha sus mejores si no es que únicos representantes: sólo hacían arte, poco les preocupaba exponerlo o recibir premios.
Me permito regresar unos cuantos renglones, hasta el momento en que aparece la frase “esa mescolanza donde las cosas no necesitan ser perfectas para movernos”.
Con Dubuffet no existe blanco y negro, él aboga por la incertidumbre. No hay amor ni odio sino gradaciones intermedias. No hay absolutos (serían puro delirio platónico). Nos lo deja claro desde el momento mismo en que habla de la técnica. A lo largo de los textos se dedica a exponer sus capacidades con todo el material que le fue posible usar sobre todo la pintura y con particular detalle en aquel texto que dedica por entero a hablar de sus técnicas litográficas. Para Dubuffet la imitación, es decir, la representación perfecta de las formas existentes no llena al lenguaje gráfico, éste es mucho más rico; de hecho, según entiendo, en su opinión sería lamentable que alguien pudiese llenar su sed de experiencias estéticas –aunque él nunca use semejante término- dentro de esos límites. No niega, por supuesto su belleza, pero en su opinión no resultan tan importantes como la evocación más abstracta de figuras, abstracciones de las que se valen con mayor destreza los outsiders a los que tanto admira.
Lo más cercano a un arte ideal para Dubuffet es la fluctuación, con todos sus accidentes, entre ambos tipos de forma plástica o visual: la representación de objetos y la evocación de esencias. Lo notamos aún en su opinión de los materiales usados por el artista, para él, la idea gráfica, el lenguaje gráfico, como el papel y el lápiz o la pluma estarán llenos de accidentes que desviarán el curso planeado de los trazos, la brocha dependiendo de su presión dejará un color más o menos fuerte o hará que los óleos se mezclen con mayor o menor eficacia, todos estos eventos arbitrarios parecerán tragedias para algunos; sin embargo, ello no debe implicar una desventaja para el artista, éste debe sacar provecho de todo lo accidental que pueda haber en el recorrido de su obra, los trazos mutan tras tales accidentes pero eso no implica que se han arruinado.
Domar esos accidentes, aprender a aprovecharlos y sacarles el jugo es lo que permitirá al lenguaje visual fluír y tal riqueza se verá reflejada no solo en todo lo bueno que tendrá tal técnica, sino en lo que Dubuffet llama textualmente profundidad mental: la flexibilidad del espíritu del artista mientras generaba su obra, su capacidad de adaptarse a esos accidentes, esa sinceridad otorga a la obra la capacidad de comunicar algo a un supuesto espectador, de moverlo. Recordaré el texto en que habla sobre Clément Fraisse, uno de los enfermos mentales que formó parte de alguna exposición del art brut. Dubuffet se regocija señalando cómo Clément pasa de la representación a la evocación de esencias y aún al simple ornamento, cosa que no debe pasarse por alto, hay ornamentación riquísima que por sí sola es un arte (el ablaq islámico, por ejemplo) ; el ornamento puede ser la simple evocación de la existencia, un opuesto a la nulidad o estar cargado por sí solo de un significado suspendido entre las figuras y las abstracciones, es un accidente recurrente, regocijo también para el artista y el espectador.
Toda ésta maestría de lo accidental es exactamente lo opuesto a lo que se dice en las academias de arte acerca del arte mismo. Se habla de estructura, de forma, de razón, de no dejarse llevar por la intuición, se aniquila al “carácter íntimo y personal indispensables en toda producción artística”. Imagino que esto es lo que tanto molestó a Dubuffet del arte institucionalizado, de ese baile de máscaras en que las escuelas o gobiernos reparten premios (y ya no hablemos de México donde los premios se reparten, usualmente al primo del amigo) y que a final de cuentas le hizo abandonar los estudios formales.
¿Dónde queda el regocijo en ese brutal teatrillo? La razón de ser del arte es cambiarnos, movernos, resolver o anudar algo dentro de nosotros. Tal vez Dubuffet parece pedir demasiado del arte pero como él mismo señala ¡¿no es esa su cualidad, su razón de ser?! Desconozco lo que muchos buscan en el arte, pero yo al menos, como creo que Dubuffet hacía, busco experiencias que me cambien y busco también generar obras, cosas, diseños, objetos que cambien a quienes las perciben.
iii. Algunas consideraciones
Sólo disiento de unas cuantas cosas con Dubuffet. Constantemente acusa a la lengua de ser un lenguaje rígido y poco tolerante. Por el contrario, la lengua es un ser viviente tan fabuloso como el arte que él defiende: prefiere el anonimato y se escabulle en cuanto su nombre es pronunciado o se le busca encasillar. Al igual que éste arte la lengua se enriquece más del argot callejero y la juerga popular que de las rebuscadísimas, alienadísimas y esquemáticas formas que las academias promueven.
Tal vez para empezar no haya verdadero punto de comparación, cada cual transmite de la manera en que le corresponde. Él por ejemplo, no podría haber establecido toda su teoría artística sin haberla escrito (me pareció divertidísimo leer su párrafo: “Así pues, en la mayoría de los casos se comete un error al comunicar las ideas, tal y como estoy haciendo yo ahora; mejor sería guardar silencio.”) y no creo que sólo observando su obra, sin conocer sus ideas, hubiese sido posible comprenderle del todo (aunque ello no le restaría riqueza visual o estética).
Simplemente son lenguajes distintos y considero un tanto absurdo que le reste su debida importancia a la lengua. Entiendo que lo gráfico es mucho más concreto y en ese sentido se permite comunicar de modo más inmediato esas gradaciones y ambigüedades de significado por las que aboga, ¡pero también la lengua posee esa gama de significaciones con las que se pueden jugar!; lo podemos notar sobre todo, cuando la lengua se usa en la poesía.
En segundo lugar, creo que Dubuffet pasa por alto que las instituciones se pueden usar, (con un mórbido maquiavelismo, si) para el beneficio del arte no-arte: si no se les puede mandar se les puede dirigir y ello sólo será posible en la medida en que se eduque a los artistas mismos a no ser autocomplacientes -o simplemente complacientes-, a no sentarse, reconfortados, haciendo como que hacen algo, esperando a comer de la mano de algún mecenas milagroso o entidad gubernamental. Solo esa educación que apunte a la desesperanzadora de-construcción del arte, que de verdad cambie y dé alerta de la gravedad de la situación hará que el artista real se mueva, busque el cambio. ¿No acabo él dando nombre a la Fundación Dubuffet, que hoy día alberga su trabajo y alguna parte de la colección del art brut?
iv.
Irónicamente, al final las ideas de Dubuffet, junto con su art brut, han terminado por volverse un eslabón más en la cadena de movimientos artísticos a los que tanto se opuso a lo largo de su carrera. Creo, sin embargo, que pocos se han concentrado como él en cuestionar la dirección del arte, a negarlo con tanto fervor tratando de que con tal negación éste salga beneficiado, más auténtico y sin todo el maquillaje.
Poco ha que pregunté a un amigo, entusiasta del street art, que ha tenido exposiciones modestas en la Galería José María Velasco y otros cuantos espacios culturales cómo había hecho para exponer ahí. Por toda respuesta recibí un “pues yo sólo grafiteaba, nada más me invitaron”. Creo que es esa sinceridad la que necesita el arte para ser y Dubuffet tiene razón, no es necesario llamarlo arte u obra o nada, si cambia nuestros espíritus, si los violenta, viola, resquebraja, ríe, masturba, deshoja, abraza, ríe, ama, si algo contiene tanta pasión como para provocarnos eso, dudo mucho que sea el arte académico quien tenga todas las respuestas. Me atrevo a decirlo consciente de que yo soy parte de ese ámbito académico, debo conocerlo bien porque sólo se puede negar algo cuando se le domina del todo. Mi técnica no es maravillosa o perfecta y por ello puede a veces costarme aterrizar mis ideas gráficas, no digamos las ajenas. Como diseñador (!) tengo la responsabilidad (!!!!) de poder hacerme cargo de esas ideas y resolverlas en un plano visual. Ya luego me encargaré de negarlas.
Los griegos tienen la culpa. Tres mil años y la humanidad no se decide a superar la herida aquella. Tres mil años de nalgas redondas, músculos hercúleos, senos perfectos, atenas y espartas, justicias y bellezas, dioses y titanes y seguimos sin salir de la delirante cueva que el delirante Sócrates describe en los delirios textuales de su más cercano discípulo, amante o queséyo. Platónico llamamos aún hoy día a esa madeja de conceptualizaciones inexistentes que se reúnen en algún plano inalcanzable, supuestamente más noble que el de nosotros bestezuelas subdesarrolladas tangibles.
Ellos establecieron el cisma –lamentable- cisma occidental: lo bello, lo bueno; lo malo, lo feo. Y ahora cortar esa relación resulta, si no imposible, excesivamente conflictivo para la mayoría de nosotros.
Jean Dubuffet fue uno de esos espíritus libres –me remito a esa denominación para esquivar la palabra artista de la que él seguramente se deslindaría – que percibió en toda su magnitud la crisis que vive el arte en general y en particular las disciplinas plásticas y visuales, disciplinas que en mi opinión siguen retorciéndose agonizantes hasta la fecha. Como pocos se atreven a hacer o al menos a ver directamente, resaltó el desorden que impera en la mente occidental, desorden caracterizado por la imposición de clasificaciones que poco o nada ayudan realmente a conocer –peor aún, a identificar siquiera- las cosas, no digamos ya una experiencia artística, sea como creador o como espectador.
Esta rica crítica y la naturaleza de sus posturas respecto al mundo del arte quedan de manifiesto en los ensayos, artículos, cartas y demás textos recopilados en El hombre de calle ante la obra de arte. Con éste breve ensayo pretendo condensar los puntos cardinales que guiaron la teoría artística -y claro está, la producción artística- de éste prolífico autor, al menos los que quedan establecidos en la recopilación mencionada. Lo más importante para mí es, sin embargo, convencerse junto a Dubuffet de que hay una vía, una posibilidad de reaccionar ante ésta crisis del arte plástico, de lo visual.
ii. El hombre de la calle
Arte en bruto o outsider art es como quedó clasificado para la historia el movimiento artístico liderado por Dubuffet.
¿Qué presupone éste arte? Recordemos las culpas ya apuntadas hacia los griegos. En realidad no es sólo a ellos que Dubuffet señala como los malcriados malacostumbrantes; es más, poco o nada sirve apuntar culpa alguna. El verdadero problema radica en que, desde su punto de vista, el pensamiento occidental, tan lleno de su raciocinio y su lógica se pretende olvidadizo ante otras actitudes mentales humanas: la locura, la embriaguez, la violencia, lo febril. Le hemos atribuido a todas éstas valores tan negativos que cuando nos acercamos a ellas es con la reserva y cautela más grandes posibles.
Es en éste contexto que Dubuffet nos presenta el concepto del salvaje. Asegura que las culturas no occidentales, las que aún se sostienen al margen de la civilización tienen mucho que enseñarnos en tanto que conservan ese respeto hacia los estados mentales que nuestra sociedad considera menos nobles, respeto a ese desorden caótico que para la mayoría del público occidental no lleva a nada bueno. Son éstas culturas supuestamente salvajes las que no reconocen la distinción entre lo bello y lo feo y es en ésta ambigüedad en la que, asegura Dubuffet, podemos encontrar nuevas razones de ser de lo artístico, en esa mescolanza donde las cosas no necesitan ser perfectas para movernos. ¿Y dónde hay más límites si no en los círculos artísticos e intelectuales? Serán pues los outsiders más completos aquellos que no hayan tenido contacto con ésta clase de mundo corrupto y maniqueo. Los pacientes mentales resultaron el ejemplo perfecto y hasta la fecha sus mejores si no es que únicos representantes: sólo hacían arte, poco les preocupaba exponerlo o recibir premios.
Me permito regresar unos cuantos renglones, hasta el momento en que aparece la frase “esa mescolanza donde las cosas no necesitan ser perfectas para movernos”.
Con Dubuffet no existe blanco y negro, él aboga por la incertidumbre. No hay amor ni odio sino gradaciones intermedias. No hay absolutos (serían puro delirio platónico). Nos lo deja claro desde el momento mismo en que habla de la técnica. A lo largo de los textos se dedica a exponer sus capacidades con todo el material que le fue posible usar sobre todo la pintura y con particular detalle en aquel texto que dedica por entero a hablar de sus técnicas litográficas. Para Dubuffet la imitación, es decir, la representación perfecta de las formas existentes no llena al lenguaje gráfico, éste es mucho más rico; de hecho, según entiendo, en su opinión sería lamentable que alguien pudiese llenar su sed de experiencias estéticas –aunque él nunca use semejante término- dentro de esos límites. No niega, por supuesto su belleza, pero en su opinión no resultan tan importantes como la evocación más abstracta de figuras, abstracciones de las que se valen con mayor destreza los outsiders a los que tanto admira.
Lo más cercano a un arte ideal para Dubuffet es la fluctuación, con todos sus accidentes, entre ambos tipos de forma plástica o visual: la representación de objetos y la evocación de esencias. Lo notamos aún en su opinión de los materiales usados por el artista, para él, la idea gráfica, el lenguaje gráfico, como el papel y el lápiz o la pluma estarán llenos de accidentes que desviarán el curso planeado de los trazos, la brocha dependiendo de su presión dejará un color más o menos fuerte o hará que los óleos se mezclen con mayor o menor eficacia, todos estos eventos arbitrarios parecerán tragedias para algunos; sin embargo, ello no debe implicar una desventaja para el artista, éste debe sacar provecho de todo lo accidental que pueda haber en el recorrido de su obra, los trazos mutan tras tales accidentes pero eso no implica que se han arruinado.
Domar esos accidentes, aprender a aprovecharlos y sacarles el jugo es lo que permitirá al lenguaje visual fluír y tal riqueza se verá reflejada no solo en todo lo bueno que tendrá tal técnica, sino en lo que Dubuffet llama textualmente profundidad mental: la flexibilidad del espíritu del artista mientras generaba su obra, su capacidad de adaptarse a esos accidentes, esa sinceridad otorga a la obra la capacidad de comunicar algo a un supuesto espectador, de moverlo. Recordaré el texto en que habla sobre Clément Fraisse, uno de los enfermos mentales que formó parte de alguna exposición del art brut. Dubuffet se regocija señalando cómo Clément pasa de la representación a la evocación de esencias y aún al simple ornamento, cosa que no debe pasarse por alto, hay ornamentación riquísima que por sí sola es un arte (el ablaq islámico, por ejemplo) ; el ornamento puede ser la simple evocación de la existencia, un opuesto a la nulidad o estar cargado por sí solo de un significado suspendido entre las figuras y las abstracciones, es un accidente recurrente, regocijo también para el artista y el espectador.
Toda ésta maestría de lo accidental es exactamente lo opuesto a lo que se dice en las academias de arte acerca del arte mismo. Se habla de estructura, de forma, de razón, de no dejarse llevar por la intuición, se aniquila al “carácter íntimo y personal indispensables en toda producción artística”. Imagino que esto es lo que tanto molestó a Dubuffet del arte institucionalizado, de ese baile de máscaras en que las escuelas o gobiernos reparten premios (y ya no hablemos de México donde los premios se reparten, usualmente al primo del amigo) y que a final de cuentas le hizo abandonar los estudios formales.
¿Dónde queda el regocijo en ese brutal teatrillo? La razón de ser del arte es cambiarnos, movernos, resolver o anudar algo dentro de nosotros. Tal vez Dubuffet parece pedir demasiado del arte pero como él mismo señala ¡¿no es esa su cualidad, su razón de ser?! Desconozco lo que muchos buscan en el arte, pero yo al menos, como creo que Dubuffet hacía, busco experiencias que me cambien y busco también generar obras, cosas, diseños, objetos que cambien a quienes las perciben.
iii. Algunas consideraciones
Sólo disiento de unas cuantas cosas con Dubuffet. Constantemente acusa a la lengua de ser un lenguaje rígido y poco tolerante. Por el contrario, la lengua es un ser viviente tan fabuloso como el arte que él defiende: prefiere el anonimato y se escabulle en cuanto su nombre es pronunciado o se le busca encasillar. Al igual que éste arte la lengua se enriquece más del argot callejero y la juerga popular que de las rebuscadísimas, alienadísimas y esquemáticas formas que las academias promueven.
Tal vez para empezar no haya verdadero punto de comparación, cada cual transmite de la manera en que le corresponde. Él por ejemplo, no podría haber establecido toda su teoría artística sin haberla escrito (me pareció divertidísimo leer su párrafo: “Así pues, en la mayoría de los casos se comete un error al comunicar las ideas, tal y como estoy haciendo yo ahora; mejor sería guardar silencio.”) y no creo que sólo observando su obra, sin conocer sus ideas, hubiese sido posible comprenderle del todo (aunque ello no le restaría riqueza visual o estética).
Simplemente son lenguajes distintos y considero un tanto absurdo que le reste su debida importancia a la lengua. Entiendo que lo gráfico es mucho más concreto y en ese sentido se permite comunicar de modo más inmediato esas gradaciones y ambigüedades de significado por las que aboga, ¡pero también la lengua posee esa gama de significaciones con las que se pueden jugar!; lo podemos notar sobre todo, cuando la lengua se usa en la poesía.
En segundo lugar, creo que Dubuffet pasa por alto que las instituciones se pueden usar, (con un mórbido maquiavelismo, si) para el beneficio del arte no-arte: si no se les puede mandar se les puede dirigir y ello sólo será posible en la medida en que se eduque a los artistas mismos a no ser autocomplacientes -o simplemente complacientes-, a no sentarse, reconfortados, haciendo como que hacen algo, esperando a comer de la mano de algún mecenas milagroso o entidad gubernamental. Solo esa educación que apunte a la desesperanzadora de-construcción del arte, que de verdad cambie y dé alerta de la gravedad de la situación hará que el artista real se mueva, busque el cambio. ¿No acabo él dando nombre a la Fundación Dubuffet, que hoy día alberga su trabajo y alguna parte de la colección del art brut?
iv.
Irónicamente, al final las ideas de Dubuffet, junto con su art brut, han terminado por volverse un eslabón más en la cadena de movimientos artísticos a los que tanto se opuso a lo largo de su carrera. Creo, sin embargo, que pocos se han concentrado como él en cuestionar la dirección del arte, a negarlo con tanto fervor tratando de que con tal negación éste salga beneficiado, más auténtico y sin todo el maquillaje.
Poco ha que pregunté a un amigo, entusiasta del street art, que ha tenido exposiciones modestas en la Galería José María Velasco y otros cuantos espacios culturales cómo había hecho para exponer ahí. Por toda respuesta recibí un “pues yo sólo grafiteaba, nada más me invitaron”. Creo que es esa sinceridad la que necesita el arte para ser y Dubuffet tiene razón, no es necesario llamarlo arte u obra o nada, si cambia nuestros espíritus, si los violenta, viola, resquebraja, ríe, masturba, deshoja, abraza, ríe, ama, si algo contiene tanta pasión como para provocarnos eso, dudo mucho que sea el arte académico quien tenga todas las respuestas. Me atrevo a decirlo consciente de que yo soy parte de ese ámbito académico, debo conocerlo bien porque sólo se puede negar algo cuando se le domina del todo. Mi técnica no es maravillosa o perfecta y por ello puede a veces costarme aterrizar mis ideas gráficas, no digamos las ajenas. Como diseñador (!) tengo la responsabilidad (!!!!) de poder hacerme cargo de esas ideas y resolverlas en un plano visual. Ya luego me encargaré de negarlas.





